Y ahora que conocen ustedes el local y los personajes, vamos á la aventura:
Estábamos á 15 de octubre del año de 1854;—recuerdo esta fecha y nunca la podré olvidar,—y salí de Rouen á caballo, seguido por mi perro Block.
Llevaba á la grupa mi saco de viaje, terciada la escopeta, y heroicamente aguantaba el terrible frío de un día triste, de un día de viento que hacía rodar negras nubes por el obscuro cielo.
Subiendo la cuesta de Cantelou, contemplé el vasto valle del Sena que con repliegues de serpiente el río cruza hasta donde alcanza la vista: á la derecha, la mirada se detenía en los bosques, y á la izquierda, Rouen alzaba hacia el plomizo cielo sus negruzcos campanarios. Atravesé luego el bosque de Roumare, y continué andando, al paso unas veces, al trote otras, hasta que á eso de las cinco llegué al Pabellón donde Celeste y Cavalier me estaban aguardando.
Diez años hacía que en la misma época me presentaba de igual manera, y diez años hacía que las mismas bocas me saludaban con las mismas palabras.
—Buenas tardes, nuestro amo; ¿es buena su salud?
Cavalier apenas había cambiado: resistía al tiempo como los árboles viejos, pero Celeste, especialmente desde hacía cuatro años, estaba desconocida.
Parecía haberse partido en dos, y aunque se conservaba activa como siempre, se doblaba tanto al andar, que el cuerpo y las piernas formaban un ángulo recto.
La pobre vieja, abnegada como pocas, se emocionaba al verme, y al despedirse de mí me decía:
—Preciso es pensar que tal vez no volveremos á vernos, mi amo: