Y la desolada y temerosa despedida de la pobre sirvienta, su desesperada resignación ante la inevitable muerte, seguramente próxima para ella, me llegaba al corazón y me entristecía de manera extraña.

Eché pie á tierra, y mientras Cavalier, cuya mano había estrechado, conducía mi caballo al cobertizo que hacía las veces de cuadra, seguí á Celeste y entré en la cocina que también servía de comedor.

Poco después el guarda se reunió á nosotros y desde el primer momento vi que no tenía el aspecto de costumbre. Parecía preocupado, contrariado, inquieto.

Y le dije:

—Bien. Cavalier, ¿va todo á pedir de boca?

El buen hombre murmuró:

—Sí y no. Algo hay que me tiene contrariado...

—Y ¿qué es? Cuénteme eso, amigo mío.

Pero movió la cabeza y se limitó á decir:

—No, todavía no. Ahora que acaba de llegar no quiero molestarle con mis preocupaciones.