Yo insistí, pero él se negó á decirme lo que ocurría hasta después de comer; por más que sólo al verle la cara, comprendía que el asunto era grave.

No sabiendo qué decir, le pregunté:

—Y este año, ¿hay caza?

—¡Oh! Mucha; tan abundante, que encontrará cuanta quiera. Á Dios gracias, he tenido buen ojo.

Y pronunció estas palabras con tanta gravedad, con gravedad tan desolada, que casi rayaba en lo cómico. Sus grandes bigotes grises parecía que iban á desprenderse de sus labios.

Repentinamente me di cuenta de que aún no había visto á su sobrino.

—¿Y Mario? ¿Dónde está? ¿Por qué no viene á saludarme?

El guarda pareció sobresaltarse, y mirándome fijamente á la cara, dijo:

—Pues bien, prefiero decirle en seguida lo que ocurre; prefiero decírselo, pues lo que me preocupa se relaciona con él.

—¡Ah! ¿Y dónde está?