—En la cuadra; esperando el momento oportuno para presentarse...
—Pero, ¿qué ha hecho?
—He aquí lo ocurrido...
El guarda vacilaba; su voz había cambiado, temblaba, y, repentinamente, profundas arrugas, arrugas de viejo, cruzaron su rostro.
Lentamente añadió:
—Al caso: este invierno me di cuenta de que alguien tendía lazos en el bosque, y aun cuando pasaba noches enteras acechando, no podía sorprender al cazador furtivo. Nada... cuando vigilaba por un lado los tendían en la parte opuesta, y el despecho me hacía adelgazar. Imposible resultaba sorprender al merodeador, y cualquiera hubiese podido creer que tenía conocimiento de mis intenciones y de mis acechanzas... Y así ocurrieron las cosas hasta que un día, al cepillar el pantalón de Mario, el pantalón que sólo se pone los domingos, encontré una moneda de dos francos en un bolsillo. ¿De dónde la había sacado? En ello estuve pensando por espacio de ocho días, hasta que observé que salía en el preciso momento en que yo volvía para descansar. Sin figurarme el objeto de sus escapatorias le aceché, y una noche, después de haberme acostado, me levanté y le seguí. En eso de seguir á un hombre no hay quien me iguale. ¡Y le sorprendí tendiendo lazos, á él, á mi sobrino Mario, tendiendo lazos en las tierras de usted! El corazón me dió un vuelco dentro del pecho, se me corrompió la sangre, y tan recio sacudí que por poco le mato. Sí, arreé de firme, y le prometí que cuando usted viniera, le aplicaría una nueva corrección en su presencia. Y eso es todo; el disgusto me hizo adelgazar, en fin, usted ya debe saber lo que acaban los disgustos... Pero dígame; ¿qué hubiera hecho en mi lugar? Ese muchacho no tiene padre ni madre y yo soy la única persona que queda de su sangre: le conservé á mi lado porque humanamente no le podía echar, ¿verdad? pero con todo, le tengo advertido que si vuelve á las andadas todo habrá concluido, hasta mi compasión. ¿He hecho bien?
—Ha hecho usted perfectamente, Cavalier; es usted un hombre honrado.
Se puso en pie para decirme:
—Gracias, muchas gracias. Ahora voy á buscarle, pues la corrección prometida no puede quedar en alto.
Como yo sabía que intentar disuadirle era perfectamente inútil, le dejé obrar á su antojo.