Cavalier fué á buscar al galopín y le trajo agarrándole de una oreja, y yo, sentado en una silla de paja, hacía esfuerzos para poner cara de juez.

Me pareció que Mario había crecido y que todavía era más feo, pero el aspecto seguía siendo el mismo, socarrón y malo, y sus manazas me parecieron monstruosas.

Su tío le empujó hacia mí y, con entonación militar, le dijo:

—Pide perdón al amo.

El chico no pronunció una palabra.

Entonces Cavalier le cogió por un brazo, le levantó en vilo, y empezó á darle nalgadas con tanta violencia que me puse en pie dispuesto á contenerle.

El rapaz decía á gritos:

—Basta..., basta; prometo...

Cavalier le dejó en el suelo, se apoyó con fuerza en sus hombros obligándole á que se arrodillase, y repitió:

—Pide perdón...