Ulrico se queda solo y no se levanta hasta las diez. Le gusta dormir, pero en presencia del viejo guía, siempre activo y madrugador, no se atreve á entregarse á su pasión favorita.
Almuerza lentamente con Sam, que también pasa sus días y sus noches durmiendo junto á la lumbre, y luego, sintiéndose triste, advierte su soledad y echa de menos la cotidiana partida de cartas que para él ha llegado á constituir necesidad invencible.
Entonces sale al encuentro de su compañero que debe volver á las cuatro.
La nieve ha nivelado el profundo valle llenando las grietas, borrando los dos lagos, acolchando las rocas, formando entre los altos picachos una extensión inmensa y regular, cegadora y helada.
Desde hace tres semanas Ulrico no ha ido á contemplar la población desde el borde del abismo, y quiere ir antes de trepar por las vertientes que conducen á Wildstrubel. También Loëche se encuentra cubierto de nieve, y bajo el pálido manto apenas se distinguen las casas.
Luego, torciendo á la derecha, se interna en el ventisquero de Lœmmern. Anda con el paso largo de los montañeses, hundiendo su férreo bastón en la nieve casi tan dura como las piedras. Y con su mirada penetrante busca á lo lejos el puntito negro y movible que ha de encontrar en la sábana inmensa.
Cuando llega al borde del ventisquero se detiene, preguntándose si el viejo habrá tomado por otro camino, y luego bordea las morenas con paso rápido é inquieto.
La tarde cae; la nieve toma tintes rosados, y un vientencillo seco y helado corre con bruscas intermitencias por aquella superficie de cristal. Ulrico da un grito de llamada, agudo y prolongado, y su voz se pierde en el silencio de muerte que reina en las montañas, y va lejos, muy lejos, corriendo por las capas inmóviles y profundas de espuma glacial, como grito de pájaro por las olas del mar; luego se extingue... y nadie le contesta.
Prosigue la marcha. El sol se ha puesto á lo lejos, tras las cimas que los reflejos del cielo arrebolan todavía, pero las profundidades del valle van tomando marcado tinte gris. Y el joven, sin saber por qué, siente miedo. Le parece que el silencio, el frío, la soledad, y la muerte invernal de los montes penetra en él y va á detener y helar su sangre, agarrotar sus miembros y convertirle en ser inmóvil y helado. Y echa á correr dirigiéndose al parador. Piensa que el viejo habrá llegado durante su ausencia; que habrá tomado otro camino, y que estará sentado junto á la lumbre y con una gamuza muerta á sus pies.
No tarda en distinguir el parador. Por la chimenea no sale humo, y Ulrico, corriendo á todo correr, llega y abre la puerta. Sam sale á recibirle y acariciarle, mas el viejo Gaspar no ha vuelto aún.