Asustado, Kunsi empieza á dar vueltas como si fuese á encontrar á su compañero oculto en un rincón. Luego enciende lumbre y hace la sopa, en espera que el anciano vuelva de un momento á otro.

De tiempo en tiempo sale á ver si le distingue á lo lejos. Llega la noche, la noche de las montañas, pálida, lívida, que allá en el horizonte ilumina el arco finísimo de la luna, próximo á desaparecer tras los picachos.

Luego el joven entra, se sienta, se calienta las manos y los pies, y piensa en mil accidentes posibles.

Gaspar ha podido romperse una pierna, caer en un hoyo, dar un paso en falso y dislocarse el tobillo, y estará tendido en la nieve, aterido, dolorido, angustiado, perdido, pidiendo tal vez socorro á gritos, llamando con todas las fuerzas de sus pulmones en el silencio de la noche.

Pero ¿dónde? ¡La montaña es tan grande, tan escarpada, tan vasta y tan peligrosa! Sobretodo en esa estación, que para encontrar á un hombre en aquellas inmensidades, lo menos se necesitaban ocho días y veinte guías para que las recorriesen en todas direcciones.

Con todo, Ulrico Kunsi se decide á salir con Sam si el viejo Gaspar no ha vuelto á la una.

Y empieza sus preparativos.

Mete en un saco víveres suficientes para dos días, toma sus grapas de acero, se arrolla al cuerpo una cuerda larga, delgada y fuerte, y examina atentamente su bastón de hierro y el hacha que sirve para tallar escalones en el hielo. Luego espera. La lumbre arde en la chimenea, el perro ronca iluminado por las llamas, y el reloj late como un corazón, regularmente, en su sonora caja de madera.

Espera, con el oído atento, procurando descubrir hasta los ruidos más lejanos y estremeciéndose cuando el ligero viento roza las paredes.

Dan las doce, y se estremece. Como se siente mal dispuesto, prepara agua para tomar una taza de café bien caliente antes de ponerse en marcha.