Cuando el reloj da la una, se pone en pie, despierta á Sam, abre la puerta y se aleja con dirección á Wildstrubel. Y durante seis horas sube, escalando rocas, empleando sus grapas, tallando hielo, avanzando siempre y subiendo á veces, atando á la cuerda al perro que no puede trepar una pendiente demasiado empinada. Á las seis llega á una de las cumbres donde el viejo Gaspar acostumbra á esperar á las gamuzas, y allí aguarda á que se levante el día.
Por encima de su cabeza el cielo empieza á palidecer, y de repente, extraño fulgor, nacido no se sabe dónde, ilumina bruscamente el vastísimo océano de cimas pálidas que á cien leguas se extiende en torno suyo. Cualquiera creería que la vaga claridad sale de la misma nieve y se esparce por el espacio. Poco á poco, los picachos lejanos, los más altos, se tiñen de color de rosa, color de carne, y el rojizo sol aparece tras los enormes gigantes de los Alpes berneses.
Ulrico Kunsi se pone en marcha. Anda como los cazadores, encorvado, examinando las huellas, y diciendo á su perro: «Busca, Sam, busca».
Baja la montaña registrando los abismos con los ojos, llamando á veces, dando gritos prolongados, pronto apagados en la muda inmensidad. Entonces, para escuchar, pega el oído al suelo, y, creyendo percibir una voz, empieza á correr, llama de nuevo, y como no le contestan, se sienta agotado y desesperado. Á las doce come un poco y hace comer á Sam, tan rendido como él mismo.
Luego continúa sus pesquisas.
La noche le sorprende y aún camina; ya ha recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como está demasiado lejos del parador para volver, y demasiado cansado para resistir mucho tiempo, practica un agujero en la nieve y allí se mete con su perro envolviéndose en una manta; y el hombre y la bestia se tienden uno junto á otro calentando mutuamente sus helados cuerpos.
Ulrico no duerme, se ve asaltado por visiones y presa de continuos calofríos. Cuando despierta está amaneciendo.
Sus piernas, por lo rígidas, parecen dos barras de hierro. Su angustia casi le obliga á chillar, y cuando cree percibir una voz, la emoción le paraliza.
Mas, piensa de repente que él también morirá de frío en aquella soledad, y el espanto de esa muerte aguijonea su energía y reanima su vigor.
Y se encamina hacia el parador, cayendo, levantándose, seguido á lo lejos por Sam que cojea y sólo se mantiene sobre tres patas.