Y repentinamente el estridente alarido de la otra noche le desgarra los oídos, alarido tan penetrante que Ulrico extiende los brazos para rechazar al espectro, y cae de espaldas.
Sam, á quien el ruido despierta, ladra como ladran los perros aterrados, dando aullidos, y empieza á dar vueltas buscando de dónde viene el peligro. Al llegar junto á la puerta olfatea con fuerza, con el pelo erizado, la cola recta y gruñendo.
Kunsi, medio loco, se pone en pie, y cogiendo la silla grita: «No entres, no entres ó te mato». El perro, excitado con esta amenaza, ladra con furia al invisible enemigo que la voz de su amo desafía.
Sam se calma poco á poco y vuelve á echarse junto al hogar, pero sigue inquieto, con la cabeza levantada, con los ojos brillantes, y gruñe y enseña los dientes.
Ulrico, á su vez, consigue dominarse; pero como se siente próximo á desfallecer de terror, abre un armario, saca una botella de aguardiente, y bebe varias copas. Sus ideas empiezan á confundirse, se afirma su valor, y por sus venas circula fiebre ardorosa.
Al día siguiente apenas come, limitándose á tomar alcohol, y por espacio de varios días vive borracho como un bruto. Cada vez que el recuerdo de Gaspar Hari acude á su imaginación se pone á beber hasta que la embriaguez le derriba al suelo. Y allí se queda, boca abajo, borracho perdido, los miembros rotos y la frente apoyada en el pavimento. Pero apenas ha digerido el líquido ardoroso y enloquecedor, el grito penetrante de «Ulrico» le despierta cual bala que le hubiese taladrado el cráneo. Y se levanta tambaleándose, extendiendo las manos para no caer, y llamando á Sam en su auxilio. Y el perro, que parece tan loco como su amo, se precipita á la puerta, la araña con las patas y la roe con sus dientes, mientras el joven, con el cuello inclinado y en alto la cabeza, traga, como si bebiese agua después de larga caminata, el aguardiente que ha de dormir sus pensamientos, sus recuerdos, y su espantoso terror.
En tres semanas agota sus provisiones de alcohol, pero, la continua borrachera no hace más que adormecer, con sueño letárgico, su espanto, que ahora crece tanto más terrible y furioso cuanto que no lo puede calmar. La idea fija, exasperada con un mes de embriaguez, y creciente en la absoluta soledad, se hunde en su cerebro como una barrena. Y recorre la morada como fiera enjaulada pegando el oído á la puerta para averiguar si el otro está allí, y le desafía á través de la pared.
Cuando, rendido por la fatiga, se duerme, la voz le despierta y le obliga á ponerse en pie.
Al fin, una noche, como hacen los cobardes cuando se ven reducidos al último extremo, se precipita á la puerta y la abre de par en par para ver al que le llama y obligarle á que calle.
El aire frío que le azota el rostro helándole los huesos le hace cerrar y atrancar la puerta sin notar que Sam se queda fuera. Luego, temblando, echa leña al fuego y se sienta para calentarse; pero de pronto se estremece: alguien gime y araña la pared.