Desesperado grita: «Vete» y una queja, prolongada y dolorida, le responde.
Entonces el terror le hace perder la poca razón que le queda, y repite «Vete, vete...» dando vueltas y buscando un rincón donde esconderse.
El otro, gimiendo siempre, da vueltas en torno de la casa y se frota contra las paredes. Ulrico se abalanza al aparador lleno de vajilla y provisiones, y levantándolo con fuerza sobrehumana lo arrastra hasta la puerta para formar una barricada. Allí amontona cuanto le queda: muebles, colchones, esteras, sillas, y tapa la ventana como se hace cuando se está sitiado por el enemigo.
Pero el de fuera exhala lúgubres gemidos, á los que el joven responde con gemidos idénticos.
Y pasan días y noches sin que ni uno ni otro dejen de quejarse. Uno dando vueltas alrededor de la casa, arañando los muros como si quisiese derribarlos, y el otro dentro, siguiendo sus movimientos, encorvado, con el oído pegado á la pared y respondiendo á sus llamadas con gritos espantosos.
Una noche Ulrico no oye nada y se sienta tan rendido por la fatiga, que no tarda en dormirse como un tronco.
Despierta sin acordarse de nada, sin pensamiento alguno, como si durante el sueño le hubiesen vaciado la cabeza... Tiene hambre y se pone á comer.
El invierno ha terminado. El paso del Jemmi vuelve á ser practicable, y la familia Hauser se pone en marcha para dirigirse al parador.
En cuanto llegan arriba de la cuesta las mujeres montan en su mula y hablan de los dos hombres que pronto han de ver.