Y les extraña que ninguno de ellos haya bajado unos días antes, tan pronto como los caminos dejaron de ser peligrosos, para darles noticias de su larga invernada.

Al fin, distinguen el parador, todavía cubierto de nieve. La puerta y la ventana están cerradas, pero por la chimenea sale humo, cosa que tranquiliza al viejo Hauser Mas, al acercarse, distinguen un esqueleto de animal despedazado por las águilas, un gran esqueleto tendido frente la puerta.

Todos lo examinan: «Debe ser Sam» dicen, y llaman. «Eh, Gaspar». Desde el interior responde un grito, un grito agudo que parece exhalado por una bestia. Y el viejo Hauser repite: «Eh, Gaspar», y otro grito semejante al primero, se hace oir.

Entonces los tres hombres, el padre y los dos hijos, procuran abrir la puerta. Ésta resiste; cogen en el establo una viga larga, y como ariete la lanzan con toda su fuerza. La madera cruje, cede, las planchas vuelan en mil pedazos, y espantoso ruido sacude la casa. Detrás del aparador hecho añicos distinguen á un hombre de pie, á un hombre con cabellos que le caen por encima de los hombros y una barba que le llega al pecho, que les mira con ojos muy brillantes, y que cubre su cuerpo con jirones...

No le reconocen; pero Luisa Hauser exclama: «Es Ulrico, mamá». Y la madre, aunque la sorprenden los blancos cabellos, se convence de que es Ulrico.

Éste deja que se acerquen, que le toquen; pero no contesta á ninguna de las preguntas que le hacen. Y le llevan á Loëche donde los médicos declaran que ha perdido la razón.

Nadie ha sabido nunca lo que fué de su compañero.

Y la pobre Luisa Hauser, este verano ha estado á punto de morir de una enfermedad de tristeza y languidez que se atribuye al frío y á las nieves de la montaña.

AMOR

TRES PÁGINAS DEL LIBRO DE UN CAZADOR