Teníamos que salir á las tres y media de la madrugada á fin de llegar una hora más tarde al sitio escogido para el acecho, en donde habían construido una choza con pedazos de hielo, para resguardarnos un poco del viento helado y terrible que precede al día, ese viento que como sierra rasga la carne, la corta como afilada hoja, la pincha con alfileres envenenados, la retuerce como las tenazas, y la quema como el fuego.

Mi primo se frotaba las manos y decía:

—Nunca he visto una helada como ésta. Á las seis teníamos ya doce grados bajo cero.

Inmediatamente después de comer me tendí en la cama y me dormí al calor de la hermosa lumbre que ardía en la chimenea.

Á las tres en punto me despertaron, me puse una piel de carnero y encontré á mi primo Karl envuelto en una de oso. Después de habernos tragado dos tazas de café hirviendo seguidas de dos copitas de coñac, nos fuimos con un guarda y nuestros perros, Buzo y Pierrot.

En cuanto hubimos andado un poco sentí que se me helaban los huesos. Era una noche de ésas en que la tierra parece muerta de frío, en que el aire helado hace tanto daño que parece que se toca: no se mueve, y muerde, pincha, mata árboles, plantas é insectos, y hasta los mismos pajaritos que desde las ramas caen al suelo, quedan duros, como si el frío les hubiese petrificado.

La luna, en cuarto menguante, se inclinaba á un lado, muy pálida, y tan débil que ni siquiera se podía marchar, y permanecía en el espacio rígida también y paralizada por los rigores del cielo. Difundía por el mundo su luz triste y seca, esa claridad moribunda y macilenta que derrama cada mes cuando llega al fin de su carrera.

Karl y yo andábamos encorvados, con las manos en los bolsillos y con la escopeta debajo del brazo. Nuestras botas, que estaban envueltas en lana á fin de poder andar por el helado río sin resbalar, no hacían ningún ruido, y yo me fijaba en el humo blanco que producía el aliento de nuestro perros.

No tardamos en llegar á orillas del pantano y nos internamos en ese monte bajo, siguiendo una de las avenidas de cañas que lo cruzan. Nuestros codos, al rozar las hojas, tan largas que parecían cintas, dejaban tras nosotros un ligero ruido; y yo sentí como nunca había sentido la poderosa y singular emoción que en mí despiertan los pantanos. Y aquél estaba muerto, muerto de frío, pues andábamos á pie firme por en medio de su pueblo de juncos secos.

En la revuelta de una de aquellas avenidas distinguí la choza de hielo que se había construido para que nos abrigásemos, y en ella entré, pues aún teníamos que esperar casi una hora para que los pájaros errantes empezasen á despertar, y me envolví como pude en la manta con objeto de calentarme.