Echado boca arriba me puse á contemplar la deformada luna, que parecía doble á través de las paredes vagamente transparentes de aquella guarida polar.
Pero el helado frío del pantano, el frío de la choza y el que parecía caer del cielo, me penetraron de tal modo que empecé á toser.
Mi primo Karl se alarmó y dijo:
—Si matamos poco, tanto peor, pero como no quiero que te enfríes, encenderemos lumbre.
Y dió órdenes al guarda para que cortase cañas.
En medio de la choza, cuyo techo taladramos para que saliese el humo, encendimos una hoguera, y cuando las llamas empezaron á enroscarse, las paredes de cristal se pusieron á sudar. Karl, que se había quedado fuera, me llamó.
—Ven á ver—me dijo.
Y cuando hube salido me quedé turulato de asombro. Nuestra cabaña, en forma de cono, semejaba un diamante monstruoso con el corazón de fuego que hubiese surgido de pronto del agua helada del pantano. Y dentro se veían sombras fantásticas, las de nuestros perros que se calentaban.
Un grito extraño, un grito errante pasó por encima de nuestras cabezas: el resplandor de nuestra hoguera despertaba á los pájaros salvajes.
Nada me conmueve tanto como ese primer clamor de vida, que no se ve y cruza el obscuro cielo, tan de prisa, tan lejano, antes de que aparezca el primer albor de los días de invierno. Se me antoja que, á esa hora glacial del alba, el grito que con el ave se aleja es un suspiro del alma del mundo.