Karl dijo:
—Apagad el fuego: ya amanece.
En efecto, el cielo empezaba á palidecer y las bandadas de patos arrastraban por el firmamento sus rápidas y fugitivas manchas.
Vivísimo resplandor rasgó las tinieblas: Karl acababa de tirar y los dos perros corrieron.
Á partir de entonces y de minuto en minuto, unas veces él y otras yo, disparábamos con presteza en cuanto por encima de las cañas aparecían las volantes sombras. Y Pierrot y Buzo, cansados y gozosos, nos traían las ensangrentadas aves, cuyos abiertos ojos parecía que nos miraban.
Se había levantado el día, un día claro y azul; el sol asomaba por el fondo del valle, y pensábamos marcharnos, cuando dos grandes pájaros, recto el cuello y tendidas las alas, pasaron rápidamente por encima de nuestras cabezas. Tiré, y uno de ellos cayó á mis pies. Era una cerceta, cuyo vientre parecía de plata. Entonces, en lo alto, un pájaro chilló, y chilló como si se quejase, pero con queja corta, repetida y desgarradora; y el pájaro vivo empezó á dar vueltas por encima de nuestras cabezas, en el azul del cielo, mirando á su compañera muerta que yo tenía entre mis manos.
Karl, de rodillas, encarada la escopeta y la mirada ardiente, la acechaba esperando que estuviese bastante cerca.
—Has matado á la hembra—me dijo—y el macho no se irá.
Y efectivamente, no se fué y siguió dando vueltas á nuestro alrededor y quejándose. Jamás gemido alguno de sufrimiento me ha desgarrado el corazón como aquel reclamo desolado, lamentable reproche de aquel pobre animal perdido en el espacio.
Á veces, ante la amenaza de la escopeta que le seguía en su vuelo, parecía alejarse dispuesto á continuar solo su camino, pero no se decidía y volvía á buscar á su hembra.