—Déjala en el suelo—me dijo Karl—verás cómo se acerca.

Y se acercó, despreciando el peligro, enloquecido por su amor de animal por el otro que yo había matado.

Karl tiró, y pareció como si hubiesen cortado la cuerda á que el pájaro estaba suspendido. Vi una cosa negra que bajaba, oí en las cañas el ruido de un cuerpo que cae, y Pierrot lo atrapó.

Los metí, fríos ya, en el mismo zurrón... y aquel mismo día volví á París.

EL HOYO

Muerte ocasionada por golpes y heridas. Ésta era la base fundamental de la acusación que hacía comparecer ante el jurado al tapicero Leopoldo Renard.

En torno suyo se hallaban los principales testigos: la viuda de la víctima, la esposa del muerto Flamèche, y los llamados Luis Ladureau, oficial ebanista, y Juan Durden, plomero.

Cerca del acusado y vestida de negro, su mujer, una mujer pequeñita, fea, una mujer que parecía una mona vestida.

Y he aquí cómo Leopoldo Renard explicó el drama.

—«Santo Dios, fué una desgracia cuya primera víctima he sido yo, y en la que mi voluntad no tomó ninguna parte. Señor presidente, los hechos se comentan por sí mismos. Yo soy un hombre honrado, un trabajador que hace dieciséis años ejerce su oficio en la misma calle, conocido, querido, considerado y respetado por todo el mundo como han dicho mis vecinos y mi portera que no suele mostrarse amable. Me gusta trabajar, soy económico, y me gustan las gentes honradas y los placeres recatados. Y eso me ha perdido, tanto peor para mí; pero como mi voluntad no ha tomado ninguna parte en ello, sigo creyéndome merecedor al respeto, y yo mismo me respeto.