«En fin, desde hace cinco años, todos los domingos, mi esposa aquí presente y un servidor, vamos á pasar el día en Poissy. Así tomamos el aire sin contar con que nos gusta muchísimo pescar, ¡oh! nos gusta más pescar con caña que comer. Amelia me infundió esa afición, la muy...; le gusta más que á mí, la muy maldita, pues van ustedes á ver que por ella me ocurre lo que me ocurre.
«Yo soy fuerte y tranquilo por temperamento y ni por pienso conozco el mal; pero ella, ¡oh! ella, aunque no lo parece, porque es pequeñita y flaca, es más mala que la quina. Claro está que tiene cualidades, y cualidades que tienen su importancia para un comerciante. Pero su carácter... Pidan informes por el vecindario, ó á la misma portera que tan bien ha hablado de mí hace un momento, y ya verán, ya verán.
«Todos los días me hacía mil reproches por mi amabilidad: «No soy yo quien me dejaría tratar así; no soy yo quien se dejaría tratar asá». Y de haberla escuchado, señor presidente, lo menos hubiera andado á cachetes tres veces al mes».
La mujer le interrumpió diciendo: «Habla, habla, que al freír será el reir».
Él, volviéndose hacia ella, replicó candorosamente:
—«Puedo hacerte cargos puesto que no se trata de ti...».
Y volviéndose luego hacia el presidente, continuó:
«Bueno, adelante. He dicho que todos los sábados nos íbamos á Poissy para ponernos á pescar al romper el alba. Es una costumbre que, como se dice, para nosotros ha llegado á ser una segunda naturaleza. Tres años hará este verano que descubrí un sitio... ¡Vaya un sitio! Á la sombra y con ocho pies de agua, tal vez diez, en fin, un hoyo, uno de esos hoyos que son verdaderos nidos de peces, paraísos para un pescador. Y aquel hoyo, señor presidente, podía considerarlo como mío, pues yo había sido su Cristóbal Colón. En el país todo el mundo lo sabía y todo el mundo lo respetaba. «Es el sitio de Renard» decían, y nadie lo hubiera ocupado, ni el señor Plumeau, tan conocido, dicho sea sin ofenderle, por su costumbre de quitar los sitios á los demás.
«De manera que, seguro de mi sitio, allí iba como si me perteneciese en propiedad. En cuanto llegábamos montaba en el Dalila con mi esposa.—El Dalila es un barco que mandé construir en casa de Fournaise, un barco ligero y seguro.—Digo, pues, que montábamos en el Dalila para cebar. Y dicho sea de paso, no hay quien cebe como yo, y eso lo saben todos los compañeros. Tal vez ustedes me preguntarán con qué cebo, pero yo no contestaré porque es mi secreto y además no tiene nada que ver con el accidente. Más de doscientas personas me lo han preguntado, y para hacerme hablar me han pagado copas, fritadas y hasta comidas, pero como si no... La única persona que lo sabe es mi mujer, que aun cuando es habladora no lo dirá; antes le cortan la lengua. ¿Verdad, Amelia?
El presidente le interrumpió para decir: