«Y mi mujer, que estaba rabiosa, contestó:

—«Las gentes que saben vivir, se informan de las costumbres de los países antes de ocupar los sitios reservados».

«Pero como á mí no me gustan los líos, le dije:

—«Calla, Amelia, calla; déjalos, y ya veremos».

«Atamos el Dalila bajo los sauces, saltamos á tierra, y Amelia y yo nos pusimos á pescar á pocos pasos de los otros dos.

«Y ahora, señor presidente, preciso es que entre en detalles.

«Cinco minutos hacía que estábamos allí, cuando el flotador de mi vecino se hundió tres veces y sacó un animal grande como mi pantorrilla... un poco menos tal vez, pero no le faltaba mucho. Me palpitó el corazón y empecé á sudar. Mi mujer me dijo: «Borracho, ¿has visto eso?».

«En aquel momento, Bru, el tendero de ultramarinos de Poissy, que pasaba en barca, me gritó. «¡Eh! ¡Renard! ¿Le han quitado el sitio?». Y yo respondí. «Sí, amigo mío; en este mundo hay gentes tan poco delicadas que no respetan nada».

«El hombrecito del traje de dril no se daba por entendido, ni su mujer tampoco, una gorda... una vaca suiza...».

El presidente le interrumpió por segunda vez para decirle: «Mucho cuidado, que está usted insultando á la viuda del señor Flamèche, aquí presente».