Renard se excusó: «¡Oh! perdónenme; la pasión me ha arrebatado.
«Pues bien, aún no había pasado un cuarto de hora cuando el hombrecito del traje de dril sacó otro pez, y luego otro y otro.
«Yo casi lloraba de rabia y además sentía que mi mujer estaba hirviendo, pues me decía á cada momento: «Mira, mira como te está robando la pesca. Y tú no pescarás nada, ni una rana: sólo al pensarlo se me revuelve la sangre».
«Yo me decía para mis adentros: «Esperemos á que den las doce: ese bandido se irá á almorzar y yo entonces recobraré mi sitio». Porque yo, señor presidente, todos los domingos almorzaba á orillas del río.
«Pero, como no morena. Las doce dieron, y el hombrecito sacó un pollo asado que llevaba envuelto en un periódico, y mientras comía pescó uno gordo.
«Amelia y yo comimos también, pero sin apetito, y la comida nos parecía veneno.
«Para hacer la digestión cogí el periódico; todos los domingos leo el Gil Blas, á la sombra y junto al agua, pues es el día de Colombina, ya saben ustedes, Colombina, la que escribe artículos en el Gil Blas. Yo tenía costumbre de hacer rabiar á mi mujer diciéndola que conocía á esa Colombina, lo cual no es verdad porque no la conozco ni la he visto nunca, lo que no impide que escriba muy bien y que por ser mujer diga cosas muy bien dichas. Simpatizo con ella, y me gusta mucho su género.
«En fin, empecé á dar la tabarra á mi esposa, pero como ella se enfureció me callé.
«En aquel momento llegaron de la orilla opuesta los testigos que aquí están, Ladureau y Durdent; no nos conocíamos más que de vista.
«Á todo esto el hombrecito se había puesto á pescar otra vez, y su mujer le dijo: «El sitio es excelente: aquí vendremos siempre, Desiderio».