«Á mí se me heló la espalda, y mi mujer no hacía más que repetir: «Tú no eres un hombre, no lo eres, y tienes sangre de gallina en las venas».

«Yo contesté: «Antes que hacer una barbaridad prefiero marcharme».

«Y entonces murmuró estas palabras que me produjeron el mismo efecto que si me hubiesen metido un hierro candente en la nariz: «No eres hombre, pues te vas rindiendo la plaza. ¡Quita de ahí, calzones!».

«Aunque aquello me llegó al alma no me moví; pero el otro, en el mismo instante, sacó una brema como en la vida había visto otra.

«Y mi mujer empezó de nuevo á hablar alto como si pensase. Decía: «Esto es robar, pues nosotros cebamos el sitio: por lo menos tendrían que devolvernos el dinero gastado en cebo».

«Entonces, la gorda del hombrecito con traje de dril, replicó:

—«¿Se refiere usted á nosotros?».

—«Hay ladrones de pescado que se aprovechan del dinero gastado por otros».

—«¿Nos llama usted ladrones de pescado?».

«Y como las palabras se enredan siempre como las cerezas, también se enredaron entonces. ¡Diablo! ¡Las que soltaron aquel par de mujeres! Gritaban tanto, que los testigos que se encontraban en la orilla opuesta dijeron para bromear: «¡Eh! Un poco de silencio, que no dejarán pescar á los maridos».