«El caso es que ni el hombrecito del traje de dril ni yo nos habíamos movido, y estábamos allí mirando al agua como si no oyésemos nada.

«Y, ¡bendito sea Dios! oíamos, ya lo creo que oíamos: «Usted es una embustera.—Y usted una arrastrada.—Y usted una cualquier cosa.—Y usted una barrendera.—». Y arriba y abajo, en fin, que un marinero no hubiera dicho más.

«De pronto oí ruido detrás de mí y volví la cabeza. La gorda acometía á mi mujer sacudiéndola á sombrillazos. Pan, pan; Amelia recibió dos. Amelia se enrabió, y cuando se enrabia pega. Agarró á la gorda por el moño, y las bofetadas cayeron como llovidas del cielo.

Yo las hubiese dejado que se las compusiesen solas; pero el hombrecito del traje de dril se levantó prestamente y quiso lanzarse sobre mi mujer. ¡Ah! Eso no, hasta ahí podían llegar las bromas. Le salí al encuentro y le recibí con el puño. Y sacudí; uno en la nariz, otro en la tripa, y el hombrecito levantó los brazos, los pies, y cayó de espalda en el río, en el hoyo precisamente.

«Es seguro que hubiera intentado sacarle, señor presidente, pero para mayor colmo, á mi mujer le tocaban entonces las de perder, y aun cuando hubiera podido socorrerla después de haber evitado que el otro echase un trago, como no podía imaginar que llegase á ahogarse, me dije: «¡Bah! Así se refrescará».

«Corrí, pues, para separar á las dos mujeres, y recibí algunos cachetes, no pocos arañazos y más de una dentellada. ¡Diablo, qué par!

«En fin, que para separarlas empleé cinco minutos ó más.

«Me volví, y nada. El agua estaba tranquila como un lago. Del otro lado gritaban: «Sácalo, sácalo».

«Eso se dice fácilmente; pero yo no sé nadar y menos bucear.

«Por fin vino el encargado de la presa con dos señores que llevaban bicheros; pero ya había pasado un cuarto de hora bien largo.