—Elisa ¿quieres?—serás muy amable,—¿quieres que enseñemos á este caballero lo que era?

Ella dirigió, una mirada inquieta á su alrededor, se levantó sin decir palabra y fué á colocarse delante de él.

Y entonces presencié una cosa inolvidable.

Iban y venían con melindres infantiles; sonreían, se balanceaban, sé inclinaban, daban saltitos cual viejas muñecas que antiguo mecanismo hubiese hecho bailar, mecanismo algo estropeado que construyera en otros tiempos un obrero hábil á la manera de su época.

Y yo les contemplaba con el corazón turbado por sensaciones extraordinarias, llena el alma de indecible melancolía. Me parecía estar viendo una aparición lamentable y cómica, la sombra pasada de moda de un siglo, y tenía ganas de reir y necesidad de llorar.

Terminadas las figuras de la danza, se detuvieron, y por espacio de un minuto siguieron de pie, uno frente á otro, haciendo muecas sorprendentes, y después, sollozando, se besaron.


Tres días después me fuí á provincias y no los volví á ver más. Cuando regresé á París, dos años más tarde, el viejo jardín había desaparecido. ¿Qué ha sido de ellos sin aquel jardín querido de otros tiempos, con sus jardinillos laberínticos, con su suave olor de tiempo viejo y sus graciosas alamedas?

¿Habrán muerto? ¿Vagarán por las modernas calles como desterrados sin esperanza? ¿Bailarán, espectros grotescos, un minué fantástico, entre los cipreses de un cementerio, á lo largo de los senderos bordeados de tumbas, á la luz de la luna?

Su recuerdo me atormenta, me obsesiona, me tortura, está conmigo como una herida. ¿Por qué? No lo sé.