Ahora bien, un día me hizo sus confidencias.
—Me casé con la Castris, caballero. Si usted quiere se la presentaré, pero ella no viene hasta más tarde. Este jardín que usted ve, es el único goce de nuestra vida: es lo único que nos queda de aquellos tiempos. Si no lo tuviésemos, creo que no podríamos vivir. ¿Verdad que es vetusto y distinguido? Aquí creo respirar el mismo aire que respiraba en mi juventud. Mi mujer y yo pasamos aquí todas las tardes; pero yo vengo también por la mañana pues me levanto temprano.
En cuanto hube almorzado volví al Luxemburgo y no tardé en distinguir á mi amigo que daba el brazo ceremoniosamente á una vieja pequeñita, vestida de negro, á la que fuí presentado. Era la Castris, la gran bailarina amada por príncipes, amada por reyes, amada por todo aquel siglo galante, y que parecía haber dejado en el mundo un perfume de amor.
Nos sentamos en un banco. Estábamos en mayo, y por las limpias alamedas revoloteaba el perfume de las flores: y el sol, filtrándose por entre las hojas, sembraba en el suelo grandes gotas de luz. El negro traje de la Castris parecía enteramente mojado de claridad.
El jardín estaba vacío, y á lo lejos se oía rodar á los coches de punto.
—¿Quiere usted explicarme—dije al viejo bailarín—lo que era el minué?
Se estremeció.
—El minué, caballero es el rey de los bailes y el baile de los reyes; ¿me comprende usted? Por esto, desde que no hay reyes, no hay minué.
Y empezó, con estilo pomposo, un elogio ditirámbico, del que no comprendí nada absolutamente. Quise que me explicase los pasos, los movimientos y las actitudes, y nervioso y desolado por su impotencia, se desesperaba.
Y repentinamente, volviéndose hacia su anciana compañera, siempre silenciosa y grave, le dijo: