Y he aquí que una mañana, creyéndose perfectamente solo, empezó á moverse de modo singular: primero unos pasitos, luego una reverencia, más tarde movía una pierna, giraba galantemente sobre sus talones, y daba saltitos graciosísimos, sonriendo como si estuviese en público, arqueando los brazos, doblando su cuerpo de fantoche, haciendo, dirigidos al vacío, saludos enternecedores y ridículos. ¡Bailaba!

El asombro me petrificó, y me pregunté cuál de los dos estaba loco: él ó yo.

Pero de pronto se detuvo, avanzó como avanzan los actores en el escenario, se inclinó profundamente con sonrisas graciosas, y con su temblorosa mano envió besos á las hileras de cortados árboles.

Y continuó muy gravemente su paseo.


Á partir de aquel día no le perdí de vista, y todas las mañanas se entregaba á su inverosímil ejercicio.

Me entraron deseos locos de hablarle. Me arriesgué, y después de saludarle le dije:

—Magnífico día, caballero, ¿verdad?

—Espléndido, sí señor, un día de otros tiempos—contestó inclinándose.

Ocho días después conocía su historia. En tiempo del rey Luis XV había sido maestro de baile en la Ópera, y su hermoso bastón era un regalo del conde de Clermont. Y, cuando se le hablaba de baile, no callaba nunca.