Por mi parte, tengo siempre ante mis ojos dos ó tres cosas que seguramente otros no hubieran observado y que en mí penetraron como punzadas penetrantes, agudas é incurables.
Ustedes tal vez no comprenderán la emoción que en mí ha quedado de esas rápidas impresiones. No referiré más que una, historia vieja, pero que en mí vive como si hubiese ocurrido ayer, y bien puede ser que únicamente mi imaginación sea la única causante de mi enternecimiento.
Tengo cincuenta años; en aquel entonces era joven y estudiaba Derecho. Era algo triste, algo soñador, estaba impregnado de cierta filosofía melancólica, y no me gustaban ni los cafés ruidosos, ni los compañeros alegres, ni las mujeres estúpidas. Me levantaba temprano, y una de las voluptuosidades que más gratas me eran, consistía en pasear solo, á las ocho de la mañana, por el jardín del Luxemburgo.
Ustedes no lo han conocido como entonces estaba. Parecía un jardín olvidado, del otro siglo, un jardín bonito como la dulce sonrisa de una anciana. Tupidas vallas separaban los senderos estrechos y regulares, senderos tranquilos entre dos muros de follaje cuidadosamente cortado. Las tijeras del jardinero igualaban constantemente las hojas y las ramas, y de trecho en trecho se encontraban macizos de flores y arbolillos alineados como colegiales de paseo, grupos de rosales magníficos ó regimientos de árboles frutales.
Un rincón encantador del bosquete estaba habitado por las abejas, y sus casas de paja, convenientemente espaciadas, abrían al sol sus puertas grandes como dedales. Y á lo largo de esos senderos se encontraba á las doradas moscas zumbadoras, dueñas verdaderas de aquel lugar pacífico, verdaderas moradoras de aquellas avenidas que semejaban corredores.
Iba casi todas las mañanas, me sentaba en un banco, y leía. Á veces colocaba el libro sobre mis rodillas para soñar, para oir como París vivía á mi alrededor y gozar del reposo infinito que disfrutaba en aquellas alamedas á lo antiguo.
Pero, pronto advertí que no era solo en frecuentar aquellos lugares en cuanto sus puertas se abrían, y sucedía á veces que, al rodear un macizo, me encontraba frente á frente con un anciano.
Llevaba zapatos con hebilla de plata, casaca de color de tabaco de España, unos encajes á guisa de corbata, y un sombrero gris inverosímil, un sombrero de anchas alas y largo pelo que hacía pensar en el diluvio.
Era delgado, muy delgado, anguloso, arrugado, y siempre sonreía. Sus ojos, vivos, palpitaban, se agitaban bajo un continuo movimiento de los párpados, y constantemente llevaba en la mano un magnífico bastón con puño de oro que para él debía ser espléndido recuerdo.
Aquel buen hombre, en un principio me asombró; luego me interesó sobremanera. Y le acechaba á través de los muros de hojas, y le seguía desde lejos deteniéndome á la revuelta de los bosquetes para que no me viese.