—Sí, uña niña y dos niños. Para ellos son estos juguetes. Tanto su marido como ella son muy buenos para conmigo.

El tren subía la cuesta de Saint Germain. Pasó por los túneles, entró en la estación, y paró.

Yo iba á ofrecer mi brazo al inválido para ayudarle á bajar, cuando por la portezuela abierta dos manos se tendieron hacia él.

—Hola, mi querido Revalière.

—Hola, Fleurel...

Detrás del hombre su mujer sonreía, radiante, linda todavía, saludando al oficial mutilado con su enguantada mano. Á su lado, una niñita saltaba de contento, y dos muchachos miraban con ojos ávidos el tambor y el fusil que de la redecilla del coche pasaban á las manos de su padre.

Cuando el inválido estuvo en el andén, todos los pequeños le besaron. Y luego se pusieron en marcha, y la niña se apoyó en el barnizado travesaño de una muleta como hubiera podido agarrarse, andando á su lado, á la mano de su mejor amigo.

MINUÉ

Las grandes desgracias no me entristecen, dijo Juan Bridelle, viejo solterón que tenía fama de escéptico. He visto la guerra muy de cerca y pasaba por encima de los cadáveres sin apiadarme. Las grandes brutalidades de la Naturaleza ó de los hombres pueden provocar de nuestra parte gritos de horror ó de indignación; pero no nos pellizcan el alma ni nos hacen sentir ese estremecimiento que nos procura la vista de ciertas insignificancias lastimosas.

Ciertamente, el dolor más acerbo que se puede experimentar es, para una madre, la pérdida de un hijo, y para un hombre, la pérdida de una madre. Eso es violento, terrible, eso trastorna y destroza; pero de esas catástrofes se cura como se cura de las heridas graves. Ahora bien, ciertos encuentros, ciertas cosas apenas entrevistas, casi adivinadas, ciertos pesares secretos, ciertas perfidias del destino que agitan todo un mundo doloroso de pensamientos y que de pronto abren ante nosotros la puerta misteriosa de los sufrimientos morales complicados, incurables, tanto más profundos cuanto que parecen benignos, tanto más agudos cuanto que son insignificantes, nos dejan en el alma como un rastro de tristeza, un amargor, una sensación de sequedad que nos cuesta mucho desterrar.