Con mucha tranquilidad pronunció este nombre:
—Con el señor de Fleurel.
—Eso mismo: recuerdo que oí hablar de esa boda á propósito de su herida.
Yo le miraba á la cara y vi que enrojeció.
Su rostro lleno, mofletudo, que la afluencia constante de sangre purpuraba, se encendió más aún.
Y con viveza, con el repentino ardimiento del hombre que lucha por una causa perdida de antemano perdida en el cerebro y en el corazón, pero que quiere ganar ante la opinión, dijo:
—Caballero, hacen mal pronunciando mi nombre junto con el de la señora de Fleurel. Cuando volví, sin pies, de la guerra, nunca hubiera consentido en hacerla mi mujer. ¿Acaso era posible? Cuando una mujer se casa, caballero, no es para hacer ostentación de generosidad; es para vivir todos los días, todas las horas, todos los minutos y todos los segundos al lado de un hombre; y si ese hombre es deforme como yo, la mujer que con él se case se condena á un sufrimiento que debe durar hasta la muerte. Sí, yo comprendo y admiro todos los sacrificios, todas las abnegaciones, cuando tienen un límite; pero no admito que una mujer renuncie á toda una vida que se promete dichosa, á todos los goces y á todos sus sueños para satisfacer la admiración de la galería. Cuando oigo en el pavimiento de mi habitación el ruido de mis patas de palo y el de mis muletas, ruido que hago á cada paso que doy, me desespero hasta el extremo que estrangularía á mi criado. ¿Cree usted que se puede aceptar de una mujer que tolere lo que uno mismo no soporta? Además ¿puede alguien imaginarse que mis muñones sean bonitos?...
Y calló. ¿Qué contestarle? Tenía razón. ¿Podía despreciarla á ella, motejarla y quitarla la razón? No, y sin embargo, el desenlace conforme á la regla, á la verdad y á la verosimilitud, no satisfacía mi apetito poético. Aquellos muñones heroicos exigían un sacrificio que faltaba, y experimenté una decepción.
Entonces le pregunté:
—¿La señora de Fleurel tiene hijos?