—No, señor—me contestó.
Quedé confundido como si acabase de cometer una inconveniencia grave, y repuse:
—Le ruego que me dispense, pero así lo había creído al oir á su criado qué le hablaba de juguetes. Muchas veces se oye sin escuchar, y á pesar de uno mismo se deducen conclusiones.
Él sonrió, y después murmuró:
—No, señor, no. Ni siquiera me he casado. Me quedé en los preliminares.
Entonces fingí un asombro grande, como si recordase de pronto.
—Sí, señor... si mi memoria no me engaña, cuando yo le conocí, tenía usted relaciones con la señorita de Mandal.
—Precisamente, caballero, no se equivoca.
Entonces tuve la audacia de añadir:
—Hasta creo haber oído decir que la señorita de Mandal se había casado con... con...