En todo aquello andaba de por medio el amor. Sentía en mi memoria una particularísima sensación, pero nada más una sensación semejante al humo. Y sin embargo, poco á poco las sombras se aclararon y una figura de muchacha joven se apareció á mis ojos. Luego su nombre estalló en mi cerebro como un petardo: la señorita de Mandal. Y lo recordé todo, todo. Era, con efecto, una historia de amor, pero vulgarísima. Aquella muchacha estaba enamorada del oficial, y cuando les conocí se hablaba de boda como de cosa próxima. Él, por su parte, parecía muy enamorado y muy dichoso.

Fijé los ojos en la redecilla donde estaban los paquetes traídos por el criado de mi vecino, paquetes que temblaban á cada sacudida del tren, y volví á oir la voz del sirviente como si acabase de hablar.

—Eso es todo, señor: hay cinco. Los bombones, la muñeca, el fusil, el tambor y el pastel.

Entonces, en un segundo compuse una novela que, por lo demás, se parecía á cuantas había leído y en las cuales, unas veces el hombre, otras la mujer, se casan con el prometido después de la catástrofe, sea corporal, sea financiera. De manera que, aquel oficial mutilado, había encontrado, terminada la guerra, á su joven prometida; y ésta, en cumplimiento de su compromiso, le había aceptado por esposo.

Yo juzgaba aquello muy hermoso, pero sencillo, como se juzgan sencillas todas las abnegaciones que cuentan los libros y las comedias. Siempre parece en esos ejemplos de magnanimidad, cuando se lee ó cuando se escucha, que uno mismo se hubiera sacrificado con satisfacción y entusiasmo, con arranque magnífico. Y al día siguiente, cuando un amigo desgraciado viene á pedirnos prestado algún dinero, lo recibimos de mal humor.

Repentinamente, otra suposición menos poética pero más realista, susbtituyó á la primera. Quizá se había casado antes de la guerra, antes del horrible accidente, y ella, desolada y resignada, se había visto precisada á recibir, cuidar, consolar y sostener al marido que, habiéndose ido fuerte y hermoso, volvía con los pies segados, espantosamente mutilado, triste jirón condenado á la inmovilidad y á la desgraciada obesidad.

¿Sería un ser dichoso ó un torturado? Un deseo, ligero en un principio, luego creciente y más tarde irresistible, me acometió: hubiera querido conocer su historia, por lo menos los puntos principales que me permitiesen adivinar lo que él no pudiese ó no que quisiese decirme.

Hablaba con él pensando en esto. Habíamos cambiado algunas frases harto vulgares, y yo, con los ojos fijos en la redecilla, pensaba: «Tiene tres hijos: los bombones son para su mujer; la muñeca para la nena, el tambor y el fusil para los niños, y el pastel para él».

De pronto, le pregunté:

—¿Es usted padre, caballero?