Mi vecino contestó con mucha amabilidad:
—Tiene usted muchísima razón, caballero.
Y le dije mi nombre.
—Me llamo Enrique Bonclair, magistrado...
Vaciló unos segundos, y luego, con esa vaguedad en la mirada y en la voz que siempre acompaña á las grandes tensiones del espíritu, contestó:
—¡Ah! Perfectamente. En otro tiempo, antes de la guerra, hace unos doce años, le encontré varias veces en casa de Poincel.
—Sí, señor... ¿Es usted el teniente Revalière?
—Sí, y fuí el capitán del mismo nombre hasta el día en que perdí los pies... los dos á un tiempo, que me llevó una bala de cañón.
Y, entonces que nos conocíamos, nos miramos de nuevo.
Yo recordaba perfectísimamente haber visto á aquel buen mozo delgado que dirigía cotillones con ímpetu tan ágil y gracioso que le había merecido el apodo de «la Tromba». Pero, tras su imagen, evocada con toda claridad, flotaba aún algo confuso, una historia que había sabido y olvidado, una de esas historias á las que se presta atención benevolente pero corta, y que sólo dejan en la memoria huellas casi imperceptibles.