—Gracias, Lorenzo; salud.
El hombre cerró la portezuela y yo me fijé en mi vecino.
Aunque sus cabellos eran casi blancos, no debía tener más de treinta y cinco años: estaba condecorado, su bigote era grande, y su corpazo acusaba una de esas obesidades de que adolecen los hombres activos y fuertes á quienes una desgracia inmoviliza.
Se enjugó la frente, respiró con fuerza, y mirándome á la cara me dijo:
—¿Le molesta el humo del tabaco, caballero?
—No, señor.
Aquellos ojos, aquella voz y aquella cara, yo los había visto antes. Pero ¿dónde y cuándo? Seguro estaba de que había visto á aquel caballero y de que había hablado con él y le había estrechado la mano. Y hacía tiempo, mucho tiempo; el recuerdo se perdía en esas brumas en las que la imaginación busca á tientas las cosas y las persigue, como á fantasmas fugitivos, sin poderlas coger.
Él también me miraba con la tenacidad y la fijeza del hombre que recuerda algo vago é indefinido.
Nuestros ojos, molestos por el obstinado contacto de las miradas, se apartaron; pero al cabo de algunos segundos, atraídos nuevamente por la voluntad obscura y tenaz de la memoria que trabaja, se encontraron otra vez. Yo, entonces, dije:
—Caballero, me parece que en vez de mirarnos de soslayo durante una hora, sería mejor que buscásemos juntos dónde y cómo nos hemos conocido.