No tardó en hablarse de un lobo colosal, de pelo gris casi blanco, que se había comido dos niños, devorado el brazo de una mujer, extrangulado á todos los mastines de la comarca, y que saltaba los vallados para olfatear las puertas. Todos los vecinos afirmaban haber sentido sus resoplidos que hacían oscilar las llamas de los hogares, y pronto el pánico se extendió por toda la provincia. En cuanto anochecía nadie se atrevía á salir, y las tinieblas parecían atormentadas por la imagen de ese animal...
Los hermanos Arville resolvieron encontrarlo y matarlo, y organizaron grandes partidas de caza á las que invitaron á todos los gentileshombres de la comarca.
Todo fué en vano. Se batían los bosques, se registraban las breñas, pero nunca daban con él. Mataban lobos, muchos lobos, pero no aquél. Y todas las noches que seguían á las batidas, el animal, como si quisiese vengarse, atacaba al ganado siempre lejos del lugar en que se le había buscado.
Una noche entró en el establo de cerdos del castillo de Arville y se comió los dos mejor criados.
Los hermanos montaron en cólera considerando este ataque como una bravata monstruosa, una injuria directa, un reto. Cogieron los perros más acostumbrados á perseguir bestias peligrosas y salieron al campo con el corazón rebosando furor.
Desde que amaneció hasta que el sol desapareció tras los árboles desnudos, batieron bosques y malezas sin encontrar nada.
Furiosos y desolados volvían al paso de sus caballos por un camino bordeado de malezas, y se asombraban viendo su ciencia burlada por aquel lobo y sintiendo una especie de misterioso temor.
El mayor decía:
—Este animal no es como los demás. Se diría que piensa como un hombre.
El menor contestaba: