—Tal vez tendremos que hacer bendecir las balas por nuestro primo el obispo ó rogar á cualquier sacerdote que pronuncie las palabras necesarias.

Callaron luego, y á poco Juan repuso:

—Mira que rojo está el sol. El lobo hará algo malo esta noche.

Apenas había concluído de hablar, cuando su caballo se encabritó y el de Francisco empezó á cocear. Espeso matorral cubierto de hojas muertas se abrió ante ellos, y una bestia colosal, completamente gris, surgió y echó á correr á través del bosque.

Los dos lanzaron una especie de rugido de alegría, é inclinándose sobre los pesados caballos, los echaron hacia adelante con todas las fuerzas de su cuerpo, y corrían tan desesperadamente, excitándoles, enloqueciéndoles con la voz, el gesto y las espuelas, que los fuertes jinetes parecían llevar sus pesados corceles entre las piernas y sostenerlos en el aire.

Corrían rozando el vientre con el suelo; cortando arbustos, subiendo cuestas, saltando barrancos y tocando la trompa á plenos pulmones para llamar á sus gentes y á sus perros.

Y he aquí que, de pronto, en aquella carrera desenfrenada y loca, el mayor dió con la frente en una rama enorme que le partió el cráneo, y cayó muerto al suelo mientras su caballo se desbocaba y desaparecía entre las sombras que envolvían los bosques.

El menor Arville paró en seco, echó pie á tierra, cogió en brazos á su hermano y vió que por la herida salían los sesos mezclados con sangre.

Entonces se sentó junto al cuerpo, apoyó en sus rodillas aquella cabeza desfigurada y sangrienta, y contemplando el rostro inmóvil de su hermano esperó. Poco á poco extraño miedo, miedo como nunca había sentido, se apoderó de él. Era miedo á las sombras, miedo á la soledad, miedo al bosque desierto y miedo también al lobo fantástico que para vengarse de ellos acababa de matar á su hermano.

Las tinieblas eran más densas por momentos y el agudo frío hacía rugir los árboles. Francisco se levantó temblando, incapaz de permanecer allí más tiempo y sintiéndose próximo á desfallecer. No se oía nada; ni los ladridos de los perros, ni el sonido de las trompas, todo permanecía mudo en el invisible horizonte, y lo sombrío de la noche helada tenía algo horrible y extraño.