Con sus manos de coloso cogió el cuerpo de su hermano Juan, lo levantó y lo atravesó en la silla para llevarlo al castillo; luego echó á andar despacio, turbados sus pensamientos como si estuviese ebrio, perseguido por visiones horribles y extraordinarias.
Y bruscamente, en el sendero que la noche invadía, una forma grande pasó. Era la bestia. Una sacudida de espanto hizo temblar al cazador: algo frío como una gota de agua le corrió por la espalda, y como monje perseguido por el diablo, hizo la señal de la cruz, medio loco por la brusca reaparición de la fiera. Pero sus ojos se fijaron en el cuerpo inerte tendido ante él, y repentinamente pasó del temor á la cólera y se estremeció con rabia desordenada.
Hundió las espuelas en los ijares de su caballo y se lanzó en persecución del lobo.
Le seguía por los tallares, por los barrancos, por los oquedales, cruzando bosques que no conocía pero con los ojos siempre fijos en la mancha blancuzca que huia á través de las tinieblas que envolvían la tierra.
También su caballo parecía sentirse animado por fuerza y ardimiento desconocidos. Galopaba con el cuello estirado, en derechura; y la cabeza y los pies del muerto, atravesado en la silla como estaba, chocaban con los árboles y con las rocas. Los espinos le arrancaban los cabellos, los troncos quedaban salpicados de sangre, y sus espuelas arrancaban las cortezas...
Bestia perseguida y jinete salieron del bosque y entraron en un valle: la luna apareció entonces iluminando una extensión pedregosa, cerrada por rocas enormes y sin salida posible. El lobo, no pudiendo seguir adelante, se volvió.
Un alarido de gozo, que los ecos repitieron como el fragor de un trueno, salió de labios de Francisco, y éste saltó del caballo cuchillo en mano.
La fiera le aguardaba con el pelo erizado y arqueado el lomo: sus ojos brillaban como dos estrellas; pero antes de librar le batalla, el fuerte cazador cogió á su hermano, le sentó en una roca, y sosteniendo con piedras su cabeza, que ya no era más que una mancha de sangre, le gritó al oído como si hubiese hablado á un sordo: «Mira, Juan, mira esto».
Luego se arrojó sobre el monstruo. Se sentía con fuerzas bastantes para derribar una montaña, para machacar piedras con sus manos. La bestia quiso morder, procurando cogerle por el vientre, pero él la tenía por el cuello, sin utilizar siquiera su arma, y la estrangulaba suavemente, escuchando como el aliento se detenía en su garganta y como se paralizaban los latidos de su corazón. Y reía y gozaba lo indecible estrechando más y más su formidable apretón, y en un delirio de alegría gritaba: «Mira, Juan, mira». La resistencia cesó, y el cuerpo del lobo quedó lacio. Estaba muerto.
Entonces Francisco lo levantó en alto y lo arrojó á los pies de su hermano repitiendo con voz llena de lágrimas: «Toma, Juan, toma, ahí lo tienes».