Después, colocando en la silla á los dos cadáveres, se puso nuevamente en marcha.

Y entró en el castillo riendo y llorando como Gargantúa cuando nació Pantagruel, dando gritos de triunfo y trepidando de alegría al referir la muerte del animal, y gimiendo y arrancándose la barba al relatar la de su hermano.

Y con frecuencia, más tarde, cuando hablaba de ese día, murmuraba con los ojos llenos de lágrimas: «Si por lo menos Juan me hubiese visto estrangular al otro, estoy seguro de que hubiera muerto contento».

Y la viuda de mi antepasado inspiró á su hijo huérfano el horror á la caza que trasmitiéndose de padres á hijos, ha llegado hasta á mí.

El marqués de Arville calló, y alguien dijo:

—Esa historia es una leyenda ¿verdad?

El narrador agregó:

—Juro que desde el principio hasta el fin es verdadera.

Y entonces, una mujer, con vocecita dulce y suave, dijo:

—Lo mismo da; pero sentir semejantes pasiones es muy hermoso.