Una mañana, al salir de su casa para dirigirse al Consejo de Estado, empezó á llover, y á punto estuvo de tomar un coche, pero no lo tomó y se fué á pie por las calles.
El chubasco arreció inundando aceras y arroyo, y el señor Marín se vió precisado á meterse en un portal. Allí estaba ya un sacerdote, un sacerdote anciano con todo el pelo blanco. Antes de ser consejero de Estado, el señor Marín detestaba al clero, pero después del nombramiento empezó á tratarlo con consideración, muy especialmente desde que un cardenal le había consultado muy cortésmente con respecto á un asunto difícil. La lluvia era torrencial y obligó á los hombres á que se refugiasen en el cuarto del portero para evitar las salpicaduras, y el señor Marín, que, como siempre, sentía la comezón de hablar para decir lo que era, empezó la conversación:
—Muy mal tiempo, padre cura, muy mal tiempo.
El anciano sacerdote se inclinó:
—Sí, señor, muy desagradable, sobre todo cuando se viene á París por unos días.
—¡Ah! ¿Es usted provinciano?
—Sí, señor; estoy aquí de paso.
—Con efecto, es muy desagradable eso de tener lluvia cuando se viene á la capital por unos días. Nosotros, los funcionarios, los que pasamos aquí todo el año, no nos preocupamos.
El sacerdote no contestó. Miró á la calle, y viendo que llovía menos, tomó su partido, y levantándose la sotana como las mujeres se levantan las faldas para cruzar las calles, se dispuso á salir.
El señor Marín exclamó: