«Nunca acabaremos de denunciar las maldades del clero. Cierto sacerdote llamado Ceinture, convencido de haber conspirado contra el actual gobierno, acusado de actos indignos que ni siquiera mencionaremos, que además se cree es un ex-jesuíta metamorfoseado en sencillo sacerdote, destituido por un obispo por motivos que según se dice son escandalosos, y llamado á París para dar explicaciones con respecto á su conducta, ha encontrado un ardiente defensor en el llamado Marín, consejero de Estado, que no teme dar á ese malhechor cartas de recomendación muy calurosas para todos los funcionarios republicanos colegas suyos.

«Señalamos la incalificable conducta de ese consejero de Estado, llamando la atención al ministro...».

El señor Marín saltó de la cama, se vistió á escape, corrió, á casa de su colega Petitpas, quien le dijo:

—Al recomendarme á ese viejo conspirador, estaría usted loco...

Y el señor Marín, trastornado, balbució:

—No, pero vea usted... me engañó. Parece tan bueno... se ha burlado de mí, se ha burlado de mí indignamente. Se lo suplico, hágale condenar y muy severamente. Voy á escribir, dígame á quién tengo que escribir para que le condenen. Voy á encontrar al procurador general y al arzobispo de París, sí, al arzobispo...

Y sentándose á la mesa de Petitpas escribió:

«Monseñor: tengo el honor de poner en conocimiento de Vuestra Eminencia que acabo de ser víctima de las intrigas y mentiras de un sacerdote llamado Ceinture que ha sorprendido mi buena fe.

«Engañado por las protestas de este eclesiástico he podido...».

Y luego, cuando hubo firmado y cerrado la carta, se volvió y dijo: