—¿Su nombre?

—El padre Ceinture.

El señor Marín se puso de nuevo á escribir.

«El reverendo padre Ceinture que necesita de sus buenos oficios para un asuntito del que le hablará.

«Me felicito de esta circunstancia, mi querido colega, que me permite...»

Y seguían las fórmulas de rigor.

Cuando hubo escrito las tres cartas, se las entregó á su protegido que se fué después de haber hecho mil protestas de agradecimiento.

El señor Marín, concluido su trabajo, volvió á su casa, pasó el día tranquilamente, durmió en paz, despertó encantado, y pidió los periódicos.

El primero que abrió era un diario radical. Y leyó:

«Nuestro clero y nuestros funcionarios.