—Pues precisamente el Consejo de Estado resuelve estas cuestiones, y en este caso, use de mí.

—Sí, señor; yo voy al Consejo de Estado. Usted es muy bueno. Yo voy á ver á los señores Lerepère, Savon, y tal vez al señor Petitpas.

El señor Marín se paró en seco.

—Pero, señor cura, si son amigos míos, colegas excelentes, bellísimas personas. Voy á recomendarle á los tres, y bien calurosamente. Cuente conmigo.

El cura saludó, se deshizo en excusas y balbució mil acciones de gracias.

El señor Marín estaba encantado.

—¡Ah! Usted si que puede decir que tiene una suerte loca. Va usted á ver cómo, gracias á mí, su asunto se resolverá á pedir de boca.

Y llegaron al Consejo de Estado. El señor Marín hizo subir al sacerdote á su gabinete, le ofreció una silla, lo instaló ante la lumbre, y sentándose él á la mesa de trabajo, se puso á escribir:

«Mi querido colega: permítame que le recomiende muy calurosamente á un venerable eclesiástico, uno de los más dignos y merecedores de consideración, el Reverendo padre...»

Y preguntó: