Entonces el señor Marín le cogió por un brazo y se lo llevó. Le dirigía, le vigilaba y le aconsejaba.

—Cuidado, señor cura, con este arroyo. Sobre todo no se fíe de las calles de mucho movimiento, le salpicarán á usted desde la cabeza hasta los pies. Tenga cuidado con los paraguas de las gentes que pasan: para los ojos, nada más peligroso que las puntas de las varillas. Las mujeres, especialmente, son insoportables: no se fijan en nada y le plantan á uno en medio de la cara las puntas de sus sombrillas ó de sus paraguas. Y no se molestan por nadie: parece que el mundo es suyo. Reinan en la acera y en la calzada. Á mí me parece que la educación de la mujer está muy descuidada.

Y el señor Marín se puso á reir.

El cura no contestaba. Andaba un poco encorvado, y escogía los sitios para poner el pie á fin de no ensuciarse ni el calzado ni la sotana.

El señor Marín repuso:

—Sin duda usted habrá venido á París para distraerse.

—No, me trae un asunto.

—¡Ah! ¿Y es un asunto de importancia? ¿Me atreveré á preguntarle de qué se trata? Si puedo serle útil, me pongo incondicionalmente á su disposición.

El cura parecía inquieto, preocupado, y murmuró:

—¡Oh! Es un asuntito personal; un ligero desacuerdo con mi obispo... Eso no le interesa... Es un... un asunto... de orden interior... de... materia eclesiástica.