—Hijo mío, mi pobre hijo mío, tu madre te vengará.

Duerme, duerme, que serás vengado. Es tu madre quien te lo promete, ¿me oyes? Y tu madre cumple siempre sus promesas, ya lo sabes.

Y lentamente se inclinó sobre él, pegando sus labios fríos sobre los labios muertos.

Semillante empezó nuevamente á gemir, y sus gemidos eran monótonos, desgarradores, horribles.

Y allí estuvieron las dos, la mujer y la bestia, hasta que amaneció.

Antonio Saverini fué enterrado al día siguiente, y pronto nadie habló más de él en Bonifacio.

No había dejado hermanos ni parientes próximos, y no había ningún hombre para que persiguiese la vendetta. Únicamente pensaba en ella la madre, la vieja.

Desde por la mañana hasta por la noche veía un punto blanco al otro lado de la costa. Era una aldea sarda, Longosardo, donde se refugian los bandidos corsos cuando se les persigue muy de cerca. Casi ellos solos pueblan la aldea, y frente á las costas de su patria esperan el momento propicio para volver. Y en esa aldea, ella lo sabía, se había refugiado Nicolás Ravolati.

Completamente sola pasaba los días sentada á su ventana, mirando á lo lejos y pensando en su venganza. ¿Cómo se las compondría sin tener á nadie, enferma y tan cerca de la muerte? Pero había prometido, había jurado sobre el cadáver, y ni podía olvidar ni podía esperar. ¿Qué haría? Pasaba las noches sin dormir y no lograba momento de reposo ni de tranquilidad: buscaba con obstinación. La perra dormitaba á sus pies, y á veces levantaba la cabeza y aullaba. Desde que su amo había muerto, aullaba así con frecuencia, como si le llamase, como si su alma de bestia hubiese guardado también ese recuerdo que nunca se borra.

Ahora bien, una noche, como Semillante se pusiese á gemir, á la madre se le ocurrió una idea salvaje, vindicativa y feroz. Estuvo meditando hasta por la mañana, y al amanecer se levantó y se fué á la iglesia. Rezó, prosternada en el suelo, abatida ante Dios, suplicándole que la ayudase, la sostuviese y diese á su cansado cuerpo las fuerzas que necesitaba para vengar á su hijo.