Luego volvió á su casa. En el patio tenía un barril viejo y roto que servía para recoger el agua que caía por los canalones: lo tumbó, lo vació, lo sujetó al suelo con piedras, y encadenando á Semillante á aquella perrera entró en su casa.

Recorría sin descanso la habitación, con los ojos siempre fijos en la costa de Cerdeña. Allí, allí estaba el asesino.

La perra ladró día y noche. Por la mañana, la vieja le llevó un cubo de agua, nada más; ni sopa ni pan.

Pasó el día; Semillante dormía extenuada. Á la mañana siguiente tenía los ojos brillantes, el pelo erizado, y tiraba furiosamente de la cadena.

La vieja tampoco la dió de comer. La bestia, furiosa ladraba con voz ronca. Y pasó la noche...

Al día siguiente la vieja Saverini fué á casa del vecino y le pidió dos haces de paja. Cogió la ropa vieja que en otros tiempos había llevado su marido y la rellenó para simular un cuerpo humano.

Hundió un palo en el suelo frente á la perrera de Semillante, y allí ató el maniquí que parecía sostenerse en pie: luego fabricó la cabeza con un paquete de trapos sucios.

La perra miraba sorprendida á aquel hombre de paja, y aunque medio muerta de hambre, callaba. Entró en la casa, encendió lumbre en el patio, cerca del tonel de la perra, y se puso á asar una morcilla. Semillante, enloquecida, saltaba, espumajeaba, con los ojos fijos en la morcilla cuyo humo le entraba en el vientre.

Luego, con la morcilla, la vieja hizo una corbata para el hombre de paja: la ató muy bien alrededor de su cuello, como si quisiera metérsela dentro, y cuando hubo terminado soltó á la perra.

De un salto formidable la bestia alcanzó el cuello del maniquí y empezó á desgarrar. Bajaba con un pedazo de su presa en la boca, se lanzaba de nuevo, hundía los colmillos en las cuerdas, arrancaba algunas partículas de alimento, bajaba, y volvía á saltar encarnizándose. Arrancó la cara al maniquí, á dentelladas, y le dejó el cuello hecho jirones.