La vieja, inmóvil y muda, contemplaba con satisfacción visible. Luego encadenó otra vez á la perra, la tuvo ayunando dos días, y el extraño ejercicio volvió á empezar.
Por espacio de tres meses la estuvo acostumbrando á esta especie de lucha para conquistar la comida á dentelladas. Y ya no tenía á la perra atada, y sólo con un gesto hacía que se lanzara sobre el maniquí.
La había enseñado á devorar y desgarrar sin poner morcilla en la garganta. Pero en seguida, y como recompensa, le daba la morcilla asada por ella.
En cuanto distinguía al hombre, Semillante se estremecía, clavaba los ojos en su ama, y cuando ésta levantaba el dedo y le decía «Va», se lanzaba como una loba.
Cuando juzgó que ya era tiempo, un domingo por la mañana la vieja Saverini confesó y comulgó con extático fervor: luego se vistió un traje de hombre, traje que le daba aspecto de pobre harapiento, y se arregló con un pescador sardo para que la llevase con su perra al otro lado del estrecho.
En un saco de tela llevaba un gran pedazo de morcilla, y Semillante hacía dos días que ayunaba. La vieja, para excitarla, la hacía olfatear á cada momento el oloroso manjar.
Entraron en Longosardo. La corsa andaba cojeando. Entró en casa de un panadero y preguntó las señas de Nicolás Ravolati. Éste ejercía su antiguo oficio y trabajaba en el fondo de su tienda. Estaba solo.
La vieja abrió la puerta y le llamó:
—¡Eh! Nicolás.