Éste se volvió, y entonces, soltando la perra, gritó:
—Va, va, devora, devora.
El animal, enloquecido, le saltó á la garganta. El hombre extendió los brazos, y rodó por el suelo. Durante algunos segundos se revolcó por el pavimento agitando los pies: luego quedó inmóvil mientras Semillante le arrancaba á jirones la carne del cuello. Dos vecinos, que estaban sentados á sus puertas, recordaron haber visto salir á un pobre viejo con un perro negro que comía, sin dejar de andar, algo que su dueño le daba.
La vieja volvió á su casa la misma noche. Y durmió bien.
FIN
IMPRESO
POR
PHILIPPE RENOUARD
19, rue des Saints-Pères
PARÍS