Me incorporé tomando infinitas precauciones y muy cerca de nosotros, en la mar, distinguí una lucecita. Grité y me contestaron. Era una barca que nos buscaba pues el dueño de la fonda había adivinado nuestra imprudencia.
Estábamos salvados... y yo me desesperaba... Nos recogieron y nos llevaron á San Martín.
Y el inglés, frotándose las manos, murmuraba:
—Buen cena, buen cena.
Efectivamente, cenamos, y cenamos bien, pero yo, pensando en las horas pasadas en el María José, estuve triste. ¡Las prefería!...
Al día siguiente, después de muchos apretones de manos y promesas de escribirnos, nos separamos. Ellos volvieron á Biarritz, y yo... yo estuve á punto de seguirles.
Estaba loco, y poco faltó para que pidiese la mano de aquella joven; es indudable que si hubiésemos pasado ocho días juntos me hubiera casado con ella. ¡Qué débil y qué incomprensible es el hombre!
Pasaron dos años sin que oyese hablar de ellas, y poco más tarde recibí una carta de Nueva York. Me decía que se había casado, y desde entonces, con motivo del primero de enero, nos escribimos todos los años. Me cuenta detalladamente su vida, me habla de sus hijos, de sus hermanas, y nunca me dice nada de su marido. ¿Por qué?... Yo, yo le hablo siempre del María José. Tal vez, y sin tal vez, es la única mujer que he querido... ¿Quién sabe? Las circunstancias gobiernan, y á fin de cuentas todo pasa... Ahora debe ser vieja, y si la encontrase no la reconocería... ¡Ah! la de otros tiempos, la del pecio, ¡qué criatura! Me dice que sus cabellos son blancos, y eso me aflige muchísimo... ¡Sus cabellos rubios como el oro son blancos ya!... No, la mía no existe... ¡Dios mío, que triste es eso!...