Eran las doce. Estreché la mano que me tendía, él pronunció una frase en inglés, y las jovencitas se pusieron á cantar el God save the Queen que se perdió en el espacio.

En un principio sentí furiosas ganas de reir, pero luego extraña y potente emoción embargó mi alma.

El canto de los náufragos tenía algo siniestro y soberbio, canto de condenados, algo comparable á una plegaria, y también algo más grande, algo parecido al antiguo Ave, Cæsar, morituri te salulant.

Cuando hubieron terminado supliqué á mi vecina que cantase una balada, una leyenda, lo que quisiese, algo que nos hiciese olvidar nuestra angustia. Y accedió gustosa, y su voz joven y clara se perdió en la noche. Cantaba algo triste, muy triste sin duda, pues las notas eran largas, salían lentamente de su boca, y parecía que iban á hundirse en las olas después de haberlas rozado.

Yo pensaba únicamente en su voz aun cuando la mar sacudía furiosamente el pecio... y pensaba también en las sirenas. Si una barca hubiese pasado cerca de nosotros ¿qué hubieran pensado los marineros? ¡Mi atormentado espíritu se perdía en el sueño!... ¡Una sirena! ¿No era una sirena aquella hija de la mar que me había retenido en el carcomido buque y que conmigo iba á hundirse en las olas?...

Á todo esto, el María José se apoyó sobre el flanco derecho y los cinco rodamos por el puente. La inglesita había caído encima de mí y yo la estrechaba entre mis brazos, y, enloquecido, sin darme cuenta de lo que hacía, y creyendo llegado mi última hora, besaba sus sienes y sus cabellos... Luego, aunque el barco quedó inmóvil, no nos atrevíamos á movernos.

El padre gritó «Kate». La que yo tenía entre mis brazos contestó «yes», y quiso desprenderse. Y en aquel instante, hubiera querido que el barco, partiéndose en dos, me hubiese sepultado con ella en la mar.

El inglés repuso:

—Un báscula pequeña; no ser nada; yo tenga conservadas mis hijas...

¡No viendo á la mayor la había creído perdida!