—¿Y usted no tiene frío?
—¡Oh, sí, tengo mucho!...
La ofrecí mi abrigo y tuve que formalizarme para que lo aceptase.
Poco á poco la fuerza del viento aumentó haciéndose más sensible el chapaleteo del agua contra los flancos del buque. Me levanté, y una ráfaga me azotó el rostro. ¡El viento se desataba!
El inglés lo advirtió casi al mismo tiempo que yo, y dijo:
—Malo, malo para nosotros es...
Ciertamente que era malo... como que suponía la muerte segura, la muerte que habían de traer las olas, fuertes ó débiles, si atacaban al pecio, tan desbaratado ya, que una sacudida había de bastar para destruirlo totalmente.
Yo temblaba, la inglesita también, y los faros que brillaban en la costa, faros blancos, amarillos y rojos, semejaban ojos enormes, ojos de gigantes que nos estuviesen mirando cual si acechasen el momento de nuestra desaparición. Uno había que me irritaba lo indecible: cada treinta segundos se apagaba para volverse á encender en seguida, y era un ojo, un ojo verdadero cuyo párpado velaba por instantes su mirada de fuego.
De tiempo en tiempo el inglés encendía un fósforo, consultaba su reloj, y se lo metía otra vez en el bolsillo. De pronto, tendiéndome la mano por encima de las cabezas de sus hijas, me dijo:
—Caballero, le deseo un buen año...