—¡Oh, yes!

Allí permanecimos un cuarto de hora, media hora, no puedo precisar cuánto tiempo, contemplando el agua amarillenta que parecía huir y jugar en la reconquistada inmensidad de arena.

Como una de las jovencitas empezase á sentir frío pensamos ponernos á cubierto de la brisa, ligera pero helada, entrando en el interior del buque. Miré por una escotilla y vi que el María José estaba lleno de agua, de manera que no tuvimos más recurso que acurrucarnos junto á la mura de proa, única cosa que podía protegernos un poco.

Las tinieblas nos envolvían, y, muy apretados unos contra otros, permanecimos rodeados de sombras y de agua... No hablábamos: estábamos inmóviles, agazapados y mudos como bestias refugiadas en un foso durante la tormenta. Y sin embargo, á pesar de todo, á pesar de la noche y del terrible peligro que por momentos aumentaba, empecé á sentirme dichoso, dichoso con el frío y el peligro, dichoso con las horas de sombra y angustia que habíamos de pasar en aquel cascarón, dichoso pasándolas cerca de aquella joven encantadora.

Y yo me preguntaba las causas de aquella sensación de bienestar que me penetraba.

¿Por qué? ¿Quién lo sabe? ¿Por qué estaba allí? ¿Quién? ¿Ella? ¿Una inglesita desconocida? Yo no la había visto nunca, no la quería, y me sentía enternecido, conquistado. Hubiera querido salvarla, sacrificarme, y cometer por ella mil locuras... ¡Cosa extraña! ¿Por qué puede alterarnos tanto la presencia de un ser? ¿Nos envuelve y domina el poderío de su gracia? ¿Nos embriaga la seducción de la hermosura como podría embriagarnos el vino?

¡Más razonable es creer en un resorte del amor, del amor misterioso que sin cesar procura que los seres se unan, que ejerce su poder y los penetra de emoción en cuanto los coloca frente á frente, de emoción confusa y grande, profunda; sí, más razonable es creer en un resorte parecido al agua que moja la tierra para que crezcan flores!

El silencio del cielo y de las tinieblas era espantoso, pues á nuestro alrededor oíamos vagamente el ruido del agua al crecer y el chapaleteo de la corriente al chocar contra el barco.

Oí sollozar... la más joven de las inglesitas lloraba, y para consolarla su padre la habló en su idioma. No los entendí, pero adiviné que la tranquilizaba.

Entonces pregunté á mi vecina: