Aun cuando no perdimos momento para subir al puente, cuando llegamos ya era tarde. El agua nos cercaba y con increíble velocidad corría hacia la costa. No, no corría, resbalaba, se agrandaba, se extendía cual mancha desmesurada. Y aunque sólo algunos centímetros de agua cubrían la arena, ya no se distinguía la línea de la imperceptible marea.
El inglés quiso saltar pero yo le contuve: la huida resultaba imposible á causa de los profundos pozos que al ir habíamos tenido que salvar, y era seguro que, con el agua, hubiéramos caído en uno de ellos.
Durante algunos minutos, horrible angustia nos oprimió el corazón, pero luego la inglesita sonrió y dijo:
—Los náufragos somos nosotros.
Quise reir pero no pude: el miedo me dominaba, miedo cobarde, horrible, bajo y rastrero como la marea. Repentinamente se presentaron á mi imaginación todos los peligros que corríamos y tuve deseos locos de gritar pidiendo socorro; pero, ¿quién me oiría?
Las dos inglesitas más jóvenes se apretaban contra su padre cuyos consternados ojos se fijaban en la mar que nos cercaba.
Y la noche se nos venía encima con la misma rapidez que la marea subía, una noche pesada, húmeda, helada.
Y dije:
—Lo único que podemos hacer es quedarnos en el barco.
Á lo que el inglés respondió: