Y pronunció en inglés una frase muy larga de la que sólo comprendí la palabra gracious, varias veces repetida.
Como buscaban un sitio para subir, les indiqué el mejor y les ofrecí la mano. El padre subió, y luego ayudamos á las tres jóvenes, que ya se habían tranquilizado. Eran encantadoras, sobre todo la mayor, una rubiecita de dieciocho años, fresca como una flor y lindísima. Verdaderamente, las inglesas bonitas parecen frutas de mar. ¡Cualquiera hubiera creído que aquélla acababa de salir de la arena cuyo color habían conservado sus cabellos! Y además, con su frescura exquisita, hacen pensar en los delicados colores de las rojas almejas y en las nacaradas perlas, raras, misteriosas y nacidas en las ignoradas profundidades del Océano.
Hablaba algo mejor que su padre y nos servía de intérprete. Y fué preciso que relatase el naufragio con todos los detalles que inventé, y creo que lo narré tan bien como hubiera podido hacerlo de haber presenciado la catástrofe. Luego toda la familia entró en el interior del pecio. Cuando hubieron penetrado en la sombría galería, de sus gargantas se escaparon gritos de asombro y de admiración, y repentinamente, el padre y las tres hijas sacaron los álbumes, antes ocultos bajo los impermeables, y empezaron á tomar apuntes de aquel lugar tristísimo y extraño.
En un tablón se habían sentado unos junto á otros, y los cuatro álbumes, abiertos sobre las ocho rodillas, se llenaban de negras líneas que reproducían el abierto casco del María José.
Yo continuaba inspeccionando el esqueleto del navío, y de tiempo en tiempo, la mayor de las inglesitas me dirigía la palabra.
Ella me dijo que pasaban el invierno en Biarritz y que habían venido á la isla de Ré sin más objeto que contemplar de cerca el buque naufragado. No tenían nada absolutamente de la tiesura inglesa; eran gentes sencillas y buenas, algo chifladas, y pertenecían á la familia de esos eternos errantes con que Inglaterra cubre el mundo. El padre, alto y enjuto, tenía la piel roja y blancas patillas encuadraban su cara; parecía un sándwich vivo, una lonja de jamón cortada en forma de cabeza humana y metida entre dos almohaditas de pelos blancos: y las muchachas, excepción hecha de la mayor, que también era la más amable, eran altas y delgadas.
Tenía un modo tan gracioso de hablar, contar, reir, comprender y no comprender, levantar los ojos para interrogarme, unos ojos azules como el agua profunda, de cesar de dibujar para adivinar y de tomar nuevamente el lápiz diciendo yes ó non, que viéndola y escuchándola hubiera pasado horas enteras.
De pronto murmuró:
—Me parece que el barco ha hecho una pequeña movimienta.
Agucé el oído, y no tardé en percibir un ruido ligero continuo y extraño. ¿Qué podría ser? Me levanté para mirar por la abertura y no fuí dueño de contener un grito... ¡La mar había llegado hasta nosotros y casi nos rodeaba!