Por la amarillenta llanura, elástica como la carne y que, bajo la presión de mis pies parecía sudar, andaba de prisa. Por donde pasaba, momentos antes estaba la mar, y entonces la veía á lo lejos, huyendo á ojos vistas, y me era imposible distinguir la línea que separaba la arena del Océano. Creía estar presenciando una fiesta de hadas gigantesca y sobrenatural. Minutos antes, el Atlántico se extendía ante mí, y en un abrir y cerrar de ojos había desaparecido, como por escotillón, y me encontraba en medio de un desierto de arena. En mí no quedaba más que la sensación y el olor del agua salada; sentía olor de algas, olor de olas, el rudo y agradable olor de las costas. Andaba de prisa, no tenía frío, y contemplaba el tumbado pecio que de lejos semejaba una ballena dormida.
Sí, semejaba una ballena dormida surgiendo de la inmensa extensión, plana y amarillenta, y sus proporciones me sorprendieron. Al fin, y después de andar una hora, llegué hasta él. Yacía tumbado sobre un costado, destrozado, hundido, mostrando sus huesos rotos como las costillas de una bestia, sus huesos de madera embreada, huesos que clavos enormes agujereaban. La arena, entrando por las resquebrajaduras, lo había invadido ya, y ya no tenía que abandonarlo. Parecía haber echado raíces en él: la proa entraba profundamente en la playa suave y pérfida, y la popa, mirando al cielo, parecía gritar con desesperado llamamiento las dos palabras blancas, María José, que resaltaban en la negra mura.
Escalé el cadáver del navío por la parte más baja y después de haber pasado por el puente penetré en el interior. La luz se filtraba por las hundidas costillas y tristemente iluminaba aquellas raras y sombrías cuevas en las que nada quedaba en pie. Y en el suelo de aquel subterráneo de tablas no había más que arena.
Para tomar las notas con respecto al estado del buque me había sentado en un barril vacío y roto, y para escribir aprovechaba la luz que penetraba por una ancha abertura que me permitía distinguir la ilimitada extensión de la playa. Por momentos sentía correr por mi piel un estremecimiento extraño de frío y de soledad, y á veces dejaba de escribir para escuchar los misteriosos ruidos del pecio: ruidos de cangrejos que con sus fuertes patas arañaban el casco; ruidos producidos por las mil diminutas bestias de la mar, y también el ruido regular y continuo de los moluscos que sin cesar roen, con chirrido de barrena, las viejas maderas que poco á poco devoran.
Y, repentinamente, oí voces humanas muy cerca de mí. Me puse en pie de un salto, como si á mis ojos se hubiese presentado una aparición, y por espacio de un segundo creí que dos ahogados iban á levantarse para contarme su espantosa muerte. En menos tiempo del que empleo para decirlo, subí al puente, y en la proa del buque me encontré frente á un señor muy alto al que rodeaban tres muchachas; mejor dicho, frente á un inglés que acompañaba á tres mises. Seguro estoy de que sintieron más miedo que yo había sentido. Ahí es nada; un ser que surge rápidamente del seno de un buque de tres palos abandonado... La muchacha más joven echó á correr, y las otras dos se apoderaron de los brazos de su padre: éste, abrió la boca y fué el único signo que dió de su emoción.
Pasados algunos segundos habló:
—¡Aho! Señor caballero, ¿es usted la propietaria de esta embarcación?
—Sí, señor.
—¿Es que la podré visitar?
—Sí, señor.